martes, 24 de julio de 2018

Venus y el garrafón.

Pocos minutos después sentí ardor e irritación, tal vez los alimentos o los líquidos, o en los dos venía el elemento dañino, debe ser una sustancia química porque no la elimina el hervor; instintivamente pensé en regresar a la Capital donde abundan los bebederos públicos de agua potable, pero fue una reacción de momento, luego pasé a otras cosas; intenté coger el libro, muy interesante, que tengo sobre la cama sin llegar a consumar la acción. Imagino que los trabajadores de la purificadora de agua donde lleno mi envase reciben instrucciones de los coordinadores vigilantes para poner las cantidades precisas de la sustancia química. De algún modo ya me acostumbré a este ritmo de intervenciones que se han repetido desde hace más de 20 años, y es muy probable que todos los que me han visto y me identifican saben la causa de este desconcertante proceder. Ayer, Venus, una de las trabajadoras del área de servicios de hotelería, me vio cuando iba de regreso a mi cuarto cargando un garrafón de agua, lo miró y sonrió; es el signo, un tanto burlón, de que el agua está adulterada. Llegué sediento, en la calle el sol quema, llené un vaso de agua y lo alcé hasta mis labios, de golpe me detuve, mi vida se llenó de dudas, no obstante tomé el agua. Cuando desperté estaba la mitad de mi cuerpo, de la cintura hacia arriba, sobre la cama; la otra parte de mí, en el piso. No recuerdo más. Ya era hora de levantarme. No crean que fue un sueño. 

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