Hoy, 11 de noviembre de 2016, sentí, al
aplicarme crema para la piel, que estaba adulterada, me irritó la piel en lugar
de refrescarla como todavía ayer lo sentí. Es la segunda vez que entran a mi
cuarto. Desde el 2 de noviembre de este año vivo en un complejo de 15 villas
para renta de hospedaje, la razón social es “Villas Rivera del Pacífico”; hay
cuatro cuartos, aparte de las villas, pero integrados en la misma obra
arquitectónica, en los que actualmente viven los trabajadores de la
construcción al servicio de los propietarios de dichas villas y de otro
complejo departamental en renovación. Yo ocupo el cuarto que tiene vista hacia
la alberca que está en el centro, entre dos hileras de casas (villas), siete a
un lado, hacia la calle, y ocho al otro lado de la alberca. Los vigilantes
siguen activos, pues hasta hoy ningún organismo de derechos humanos
internacional, nacional o local, oficial o no gubernamental ha puesto interés
en el asunto. Aparte de la vigilancia ilegal y el daño físico a mi persona, la
acción representa en sí misma una oportunidad fascinante de reencontrarnos con
nuestra propia naturaleza humana: la capacidad de delinquir deliberadamente en
colectivo. El ser humano puede acordar obrar fuera de la ley colectivamente.
Violar la ley y de ese modo atentar contra las bases mismas de la organización
social, pues ¿cómo podrían combatir las demás formas de organización delictiva
comúnmente conocidas y que tanto dañan la vida social, si colectivamente pueden
acordar obrar delictivamente? Quienes me vigilan están cerca de mí, a mi
alrededor; conocen las instalaciones donde trabajo y donde vivo. Los
organizadores de la vigilancia todavía no sabemos dónde están, pero es fácil
imaginar su naturaleza social, solo falta enfrentarlos a la ley y ahí
encararlos y de ese modo la sociedad se encontrará a sí misma en una acción de
alta peligrosidad para la supervivencia de la especie humana.
¡Contravigilantes, nuestra misión es proteger la vida!
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